Pensar el mundo a través de las Escrituras...

domingo, 17 de marzo de 2024

La influencia del cristianismo en el occidente. Parte 1.




A nuestra sociedad se le conoce como una sociedad postmoderna o pos cristiana. Esto significa que vivimos en una época que supuestamente ha superado la modernidad y la cristiandad. Como lo ha escrito hace ya mucho tiempo el filósofo canadiense Charles Taylor estamos en la época secular. Lo que signifique vivir en una época secular es algo que en el futuro espero reflexionar, pero ahora quiero enfocarme en la relación entre el cristianismo y la sociedad occidental. Cuando uno conversa con las personas respecto al cristianismo es muy común escuchar cosas como “el cristianismo detuvo a la ciencia” “torturo a las personas” “restringió las libertades” “atraso los avances del mundo” pero si tú le dices que el cristianismo es la base de la sociedad occidental seguramente no te creerán y esperaran que les argumentes al respecto. Que el cristianismo sea la base y el fundamento de la sociedad occidental no significa que no hubo intercambio entre la filosofía grecorromano u otras filosofías, pero el cristianismo fue quien definitivamente formo el pensamiento y el estilo de vida occidental. El historiador británico Christopher Dawson (1889-1970) en su obra “La religión y el origen de la cultura occidental” escribió[1]:

Cuanto más se estudian los orígenes del humanismo, más se llega a reconocer la existencia de un elemento que no es sólo espiritual sino decididamente cristiano. Se puede objetar que éste es sólo uno y no el más importante aspecto del movimiento humanístico. Pero aun las realizaciones puramente naturalistas del Renacimiento dependían de sus antecedentes cristianos. El humanismo fue, es cierto, una vuelta hacia la naturaleza, un redescubrimiento del hombre y del mundo natural. Pero el autor del descubrimiento, el principio activo del cambio, no fue el hombre natural: fue el hombre cristiano, el tipo humano producido por diez siglos de disciplina espiritual e intenso cultivo de la vida interior. Los grandes hombres del Renacimiento eran hombres espirituales aun estando profundamente sumergidos en el orden temporal. De los recursos acumulados en su pasado cristiano adquirieron la energía para conquistar el mundo de la materia y crear la nueva cultura del espíritu.

El cristianismo penetró por primera vez en Europa occidental bajo la forma de un movimiento misionario que se había originado en las ciudades helenísticas del Levante, y durante siglos los hombres del Oriente —Pablo, Ireneo, Atanasio, Casiano, Teodoro de Tarso y los papas sirios y griegos del siglo VIII— desempeñaron un papel notable en la formación del cristianismo occidental. En la época que siguió a la caída del Imperio, este proceso de transmisión continuó de los cristianos de las provincias occidentales hacia los pueblos bárbaros, como vemos en la misión de san Patricio a Irlanda, en la evangelización de san Amando en Bélgica, y sobre todo en la conversión de Inglaterra por Gregorio el Grande, que hizo época (Quede leyendo en el capitulo 2 de este libro)

Por otro lado El historiador británico Tom Holland reafirma esta opinión en su obra “Dominio, como el cristianismo dio forma a occidente”[2]:

Hoy, en esta época de realineamientos geopolíticos sísmicos, en un momento en que nuestros valores demuestran no ser tan universales como algunos de nosotros creíamos, es más acuciante que nunca que comprendamos lo mucho que derivan y dependen de nuestra cultura. Vivir en un país occidental es vivir en una sociedad completamente saturada de suposiciones y conceptos cristianos. Esto es igual de cierto para los judíos o los musulmanes que para los católicos o los protestantes. Dos mil años después del nacimiento de Cristo, no hace falta creer que resucitó de entre los muertos para asombrarse ante la formidable —de hecho, la ineludible— influencia del cristianismo. Sea en la convicción de que la conciencia es fundamental para establecer buenas leyes, en la de que la Iglesia y el Estado existen como entidades distintas o en la de que la poligamia es una práctica inaceptable, los vestigios del cristianismo se encuentran por doquier en Occidente. Incluso escribir sobre él en un lenguaje occidental conlleva emplear expresiones saturadas de connotaciones cristianas. «Religión», «secular», «ateo»: ninguna de estas palabras es neutral. Aunque derivan del pasado clásico, todas nos llegan cargadas con el legado del cristianismo. Si no somos conscientes de esto, nos arriesgamos constantemente a caer en el anacronismo. Por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con firmeza a su pasado cristiano

El cristianismo, según parecía, no necesitaba cristianos para que sus creencias prosperaran. Solo el tiempo dirá si esto fue una ilusión o si el poder de las víctimas sobre sus opresores sobrevivirá al mito que lo alumbró. Por el momento, la retirada de la fe cristiana no parecía implicar necesariamente la desaparición de los valores cristianos. Al contrario. Incluso en Europa —un continente cuyas iglesias están mucho más vacías que las de Estados Unidos—, los vestigios del cristianismo seguían impregnando la moral y las creencias de la gente hasta tal punto que muchos ni siquiera percibían su presencia. Como partículas de polvo demasiado finas para distinguirse a simple vista, todo el mundo las respiraba por igual: creyentes, ateos y aquellos que ni siquiera se habían parado jamás a pensar sobre religión.

Como podemos ver la cultura occidental está totalmente influenciada por el cristianismo y por tanto debemos analizar qué tan profundos, relevantes y beneficiosos ha sido su influencia[3]. Los teólogos católicos romanos Mike Aquilina y James L Papandrea escribieron un interesante libro llamado “las 7 revoluciones que cambiaron al mundo. Como el cristianismo cambio el mundo y como puede cambiarlo hoy nuevamente[4]” el cual nos ayudara a ver lo revolucionario que fue el cristianismo que llevo a cambiar diversos ámbitos de la vida humana que eran comunes para las culturas del mundo antiguo pero especialmente en el contexto de la cultura grecorromana donde nació el cristianismo.

La primera revolución que el cristianismo hizo fue la revolución de la persona.

La primera revolución cristiana es la manera en que el mundo antiguo y en especial el mundo grecorromano veía a los seres humanos. Para poder entender de una manera más plena como el cristianismo revoluciono esta perspectiva del ser humano es importante analizar brevemente como ellos pensaban al respecto. Para esto usaremos varias citas del libro de Mike Aquilina y James L Papandrea[5].

Hoy en día, cuando alguien quiere defender su caso ante los medios de comunicación, apela a ciertas nociones que considera evidentes: que todas las personas tienen la misma posición. A menudo piden un trato especial basado en su “victimismo”, como si el victimismo les confiriera cierta dignidad.

¿Derechos humanos? La idea no habría tenido sentido si hubieras intentado explicarla. ¿Por qué tendrías “derechos” sólo porque naciste? Tenías derechos si eras alguien importante, como Paul, el hijo de un ciudadano. O podrías tener derechos si los compraste, como hizo el tribuno. Pero la gente corriente no tenía derechos. El pueblo existía para el Estado, y si no era útil al Estado no tenía derecho a existir.

La utilidad era el factor clave para decidir si un ser humano era digno de vivir. Lo útil debe ser recompensado y lo inútil debe desecharse.  Cuando las Buenas Nuevas eran nuevas, el aborto e incluso el infanticidio eran algo común en la cultura y requerían poca deliberación. En toda la historia, sólo una cultura había prohibido estas prácticas: la de los judíos. Y eran una minoría insignificante en el primer siglo, en su mayoría exiliados de su patria, especialmente después de la desastrosa rebelión que condujo a la destrucción de Jerusalén en el año 70.

Todas las demás naciones, todos los demás imperios, todos los demás reinos, todos los demás pueblos (los asirios, los babilonios, los hititas, los griegos, los romanos) mataban rutinariamente a sus crías. Platón y Aristóteles elogiaron el aborto y el infanticidio. Como dijo el filósofo Séneca, deshacerse de los niños inútiles era simplemente lo razonable.

De forma resumida podemos decir que las creencias en el mundo grecorromano sobre las personas era que no creían en la dignidad inherente de los seres humanos, no creían en la protección de los débiles, no creían en los derechos humanos y creían que la vida de una persona importante solo si era útil. Por lo tanto ¿Quién o qué fue lo que cambio esa forma de pensar? Lo que cambio esa forma de pensar fue el cristianismo que con el mensaje del evangelio conquisto el mundo antiguo. Nuestra sociedad se preocupa constantemente por la “igualdad” “los derechos humanos” “La dignidad de las personas” pero muy pocas veces se detiene a pensar cual es el origen de esa forma de pensar. Yo generalmente pongo el ejemplo de dar el asiento en la micro a mujeres embarazadas o adultos mayores pues si yo no soy cristiano ¿Por qué debería darles el asiento a ellos? Algunos podrían argumentar que es sentido común pero cuando revisamos la historia no ha sido así. En que nuestra cultura esto se considera “correcto” debido a que tenemos conceptos cristianos con los cuales juzgamos las cosas y de lo cual la mayoría de las personas no lo sabe. Ahora esto no significa que nuestra sociedad sea totalmente coherente con eso pues mientras que para algunos es “escandaloso” que no les den la asiento a mujeres embarazas o adultos mayores no ven ningún problema con permitir el aborto. Pero el punto que quiero señalar aquí es que la preocupación por dignidad de las personas, la preocupación por los débiles o los derechos humanos son conceptos que emanan del cristianismo.

La segunda revolución que el cristianismo hizo fue la revolución del hogar

La segunda revolución cristiana que el cristianismo hizo en la cultura grecorromana fue la revolución del hogar. A pesar de todos los cambios que ha enfrentado la idea de “familia” en el occidente últimamente aún se sigue considerando en términos generales que la familia es la base de la sociedad. Y por familia aun entendemos la unión de un hombre con una mujer que aspira a tener hijos. Sin embargo ¿era esta la forma de entender la familia en el mundo grecorromano?

Para un romano, una esposa era una propiedad, así como los hijos eran una propiedad. Una mujer no tenía existencia legal aparte de los hombres que la controlaban: su padre hasta que se casaba, su marido después, su hijo si era viuda y tenía la suerte de tener un hijo. Si ningún hombre la poseía, ella no era nadie en absoluto. Los niños no estaban mejor. Tradicionalmente, un padre romano conservaba el derecho legal de ejecutar a sus hijos si los consideraba culpables de un delito, incluso hasta la edad adulta. Eran sus hijos; le pertenecían.

Según la costumbre matrimonial, la joven recién casada podría esperar una relación depredadora, plagada de sodomía, aborto y anticoncepción. Se esperaba el adulterio de los hombres y, al menos en las familias ricas, también de las mujeres.

De modo que el matrimonio podía ser miserable y sin amor, y en cierto sentido se esperaba que fuera miserable y sin amor. Pero si el matrimonio se volvía demasiado miserable, el divorcio era fácil. Todo lo que hizo falta fue que una de las partes se fuera de casa con la intención de divorciarse.

Aquí está la diferencia entre una boda pagana y una cristiana. La boda pagana es una celebración del placer que el marido está a punto de obtener de su novia (a quien, como dijimos antes, se espera que no le guste). La boda cristiana es un sacramento, una unión de dos almas, una imagen terrena que refleja el amor de Cristo por su Iglesia y el amor de las tres personas de la Trinidad. Ninguno de los cónyuges adquiere bienes; ambos se están uniendo para formar una unión indisoluble.

Podemos ver que para el mundo grecorromano la familia era donde un hombre tenía a su esposa e hijos como una propiedad con la cual podría hacer lo que quisiera. Además, no existía la fidelidad pues era muy fácil tener otras mujeres u hombres con los cuales tener relaciones sexuales. El centro de todo el matrimonio romano era el placer y no el amor cristiano sacrificial que los cristianos practicaban. El cristianismo cambio todo esto pues consideraba a cada persona creada a imagen y semejanza de Dios y por tanto ambos debían someterse al Señor mutuamente pues ambos eran iguales en dignidad delante de Dios (Efesios 5:21) Así que la idea de que hombres y mujeres son iguales no es una idea del feminismo, sino que es una idea cristiana. Esto hacia que la esposa y los hijos no fueran visto como una propiedad del hombre sino como personas creadas por Dios con una dignidad inherente. A las esposas sea les pide que se sometan a sus maridos y sean respetuosos con ellos (Efesios 5:22-24) A los esposos se les demandaba no solo fidelidad (lo cual era una locura para el mundo grecorromano) sino que además sacrificio a su esposa como Cristo amo a la iglesia (Efesios 5:25) y a ambos como padres se le pide que deben criar a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor (Efesios 6:4) La sociedad occidental se basó en estos principios por muchos siglos y ahora poco a poco los ha ido abandonando. Ahora esto no significa que siempre se practicaron de forma perfecta, sino que como vivimos en un mundo donde hay pecado se pueden haber usado estos principios con motivaciones pecaminosas. Aunque nuestra sociedad actual es una sociedad “secular” o “postcristiana” aún hay discusiones sobre el significado de lo que es una familia o la importancia que hay respecto a la corresponsabilidad a lo domestico o a la crianza de hijos. Sin embargo, las personas muy pocas veces piensan que estos temas se discuten en la actualidad porque el cristianismo permeo toda la cultura para que pensemos que es “importante la familia” “es importante la fidelidad” “es importante preocuparse por los hijos”.



[1] Christopher Dawson. La religión y el origen de la cultura occidental. Página 22, 24.

[2] Tom Holland. Dominio, como el cristianismo dio a forma a occidente. Página 11 y 206.

[3] Con esto no estamos desconociendo las cosas negativas que se hicieron en nombre del cristianismo pero que cuando se le compara con los beneficios ellos lo superan con creces.

[4] Hay otros libros que abordan este mismo tema, pero desde distintas perspectivas. Vishal Mangalwadi. El libro que dio forma al mundo. Dinesh D Souza. Lo grandioso del cristianismo. Cesar Vidal. El legado del cristianismo a la sociedad occidental. Sin embargo, pienso que por temas pedagógicos el libro de Mike Aquilina y James L. Papandrea es mejor para este caso.

[5] Mike Aquilina y James L. Papandrea. Las 7 revoluciones que cambiaron al mundo. La revolución de la persona. Capítulo 2. 

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sábado, 16 de marzo de 2024

Mi intención de leer los clásicos.

Italo Calvino (1923-1985) fue un periodista y escritor italiano principalmente de cuentos, novelas y ensayos. Uno de sus libros póstumos se llama “Porque leer los clásicos” que es una colección de ensayos de varios de los libros conocidos como “clásicos”. El libro comienza dando 14 distintos tipos de definiciones sobre lo que sería un libro clásico.

1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo...» y nunca «Estoy leyendo...».

2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía.

13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

En mis palabras yo diría que los libros clásicos son los libros que permanecen vivos, relevantes y vigentes a pesar de todos los cambios culturales que se vayan dando en el tiempo, son a mi parecer; el oxígeno silencioso de la cultura. Pero como ha dicho lamentablemente un historiador nuestra cultura es “ahistorica” y no parece darle importancia en lo más mínimo a esto. Sin embargo, pienso que como cristianos esto debería importarnos mucho. ¿Por qué? Porque la fe cristiana es un pilar fundamental en los libros clásicos. La mayoría de los teólogos cristianos han dialogado con los clásicos de la filosofía o literatura sin ningún problema y ellos lo han citado, criticado o usado como ilustración en muchos de sus escritos y sermones. Por ejemplo, esto se puede ver con relativa facilidad en Justino Mártir, San Agustín, Tomas de Aquino o Juan Calvino. Las razones de porque se ha perdido la práctica de leer los libros clásicos (cristianos o no cristianos) ha hecho que el cristianismo actualmente se empobrezca pues mengua la imaginación, la meditación y la reflexión teológica. No sé si en mi generación esto sea algo que vaya a importar, pero por lo menos por mi parte he emprendido ya hace un tiempo el proyecto personal de leer los clásicos cristianos y no cristianos para poder usarlos como fuente de mi reflexión cristiana. Si Dios me da vida y me lo permite estaré leyendo los libros clásicos y extrayendo lecciones acerca de ellos. Esto quiere decir que hare una “lectura cristiana” de los libros clásicos.

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